Una cálida mañana de mayo de 1828, día de Pentecostés, entraba con paso desgarbado a la plaza principal de la ciudad de Nüremberg, Alemania, un andrajoso muchacho adolescente que portaba en su mano unos papeles.
Llevado ante la policía pronunció trabajosamente su nombre: Kaspar Hauser. Apenas lograba articular algunas palabras. Llevaba dos cartas, en las que se consignaba la fecha de su nacimiento: 30 de abril de 1812, su origen: hijo de una criada, y la sorprendente biografía de un cautiverio en condiciones de absoluta privación de contacto con otros seres humanos. El muchachito solo se alimentaba de pan y agua, y al observar sus conductas y su precaria habilidad relacional era evidente que había vivido en cautiverio y privado de toda interacción social.
Examinado por un médico, éste lo describió como un “semisalvaje”
que mostraba los estragos intelectuales y sociales
del largo cautiverio al que había sido sometido.

Pero había algo más… Un sorprendente parecido físico con el emperador Napoleón Bonaparte, similitud que encendió la polémica acerca de su origen, por cuanto Kaspar Hauser guardaba fragmentarios recuerdos de su primera infancia, que no permitían conocer y reconstruir su historia, pero entre ellos evocaba ciertos juguetes y la borrosa descripción de habitaciones palaciegas, lo cual llevó a conjeturar que podría tratarse de un noble de la casa de Baden, alguno de aquellos niños que por la época se acostumbraba eliminar por razones políticas, de linaje, de ilegitimidad, etc.
Hauser vivió a partir de entonces en un albergue para vagabundos al cuidado de un carcelero, quien afirmaba que el chico se veía muy sano, poseía una memoria prodigiosa y aprendía fácilmente. Llamaba la atención no obstante que su visión era reducida, su olfato extraordinariamente desarrollado y no tenía la capacidad de entender fenómenos mentales complejos, como por ejemplo que la imagen reflejada en un espejo era la suya.
A este carcelero fue relatándole fragmentos de su vida pasada, en los cuales destacaba la absoluta privación de contacto humano; afirmaba que la primera vez que vio a alguien entrar a su celda fue cuando lo liberaron; contaba que un hombre le había enseñado a decir unas palabras que no comprendía; estas eran las que dijo al ser hallado en la plaza: “quiero ser soldado de caballería como mi padre”. Al cabo de un tiempo fue adoptado por un profesor de enseñanza secundaria y filósofo, Friedrich Daumer, quien le enseñó a leer y a escribir, descubrió su talento para el dibujo y la música y procuró sanar sus heridas emocionales a través de la homeopatía y el biomagnetismo.
"Este es un extracto del articulo original publicado en la edición N°1 de la colección 2011 de Calpe y Abyla. Para leer este articulo completo suscribete a la revista digital haciendo click aquí"
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Etiquetas: Calpe & Abyla, Hauser, Napoleón, docentes escuela, docentes universitarios, estudiantes, neurociencias, profesionales de apoyo
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